SALUD

SIDA

¿Qué son el VIH y el sida?

Tenemos que distinguir entre el agente causante (el VIH) y la enfermedad que produce (SIDA). El VIH (HIV en inglés) es el Virus de la Inmunodeficiencia Humana. Fue descubierto y descrito en profundidad años después de que se describiesen los primeros casos de la enfermedad que produce, el SIDA, siglas de Síndrome de Inmunodeficiencia Humana Adquirida.

El VIH ataca a un tipo de célula específico del sistema inmune humano, los linfocitos CD4, que tienen la función de regular la respuesta inmune del organismo frente a agentes externos. Cuando los CD4 ceden a la infección y son incapaces de desarrollar correctamente su función, se produce un estado de deterioro de los sistemas de defensa, la inmunidad, que se conoce como el SIDA.

El SIDA consiste pues en una mayor susceptibilidad del organismo a ciertas enfermedades oportunistas, como infecciones, o incluso a desarrollar tumores, originada por la infección de un virus, el VIH.

¿Estar infectado por VIH es lo mismo que tener sida?

Como ya hemos explicado en el primer punto, el VIH es el virus que da lugar a la enfermedad del SIDA. Sin embargo, no todos los infectados han desarrollado el SIDA. La historia natural de la enfermedad sigue varios pasos, variables según cada caso:

  • En el momento del contagio, pueden aparecer síntomas de primoinfección siendo de diversos tipos. Muchas veces adoptan la forma de cuadros con fiebre e hinchazón de ganglios (llamada médicamente "adenopatías").
  • Tras el contagio, por lo general se entra en una primera fase, el virus está en la sangre y la persona puede infectar a otras, pero no hay aún una pérdida de defensas suficiente como para producir un deterioro relevante de la inmunidad. En este periodo, el contagiado todavía no padece el SIDA.
  • La tercera fase es lo que llamamos SIDA, corresponde a las siglas de SÍNDROME DE INMUNODEFICIENCIA ADQUIRIDA. Esto e lenguaje médico, quiere decir que se trata de un conjunto de problemas médicos que se deben a una bajada importante de las defensas inmunitarias. Se diagnostica SIDA cuando la persona infectada por el VIH tiene una bajada de defensas apreciable en los análisis o cuando le aparecen infecciones o tumores debidos a la bajada de defensas.

Por lo tanto, el hecho de estar infectado por el VIH no es suficiente para ser diagnosticado de SIDA. Es necesario que se produzcan consecuencias de la afectación de la inmunidad para poder decir que un paciente padece la enfermedad. Hasta este momento, los portadores del VIH, son seropositivos asintomáticos.

¿Como he podido contagiarme?

El virus del sida está presente en fluidos del paciente además de la sangre, tales como la saliva, el semen o las secreciones vaginales. Cuando cualquiera de ellos entra en contacto con el torrente sanguíneo de un sujeto sano, se produce la infección. Sin embargo, es extremadamente difícil la transmisión del VIH por contactos banales, como contactos cutáneos, besos, compartir vasos, etc...

Es decir para poder infectarnos, el virus tiene que llegar a ponerse en contacto con nuestra sangre y circular por ella. En su forma de transmisión, el VIH es idéntico al virus de la hepatitis B y se comporta en la mayoría de los casos como una enfermedad de transmisión fundamentalmente sexual. La gran cuestión en torno al VIH es conocer sus mecanismos de transmisión que pueden resumirse en los siguientes:

Contacto directo sangre-sangre

Es el caso de las transfusiones sanguíneas de pacientes infectados a sujetos sanos. En la actualidad, toda la sangre que se usa en transfusiones y otros productos derivados como plaquetas, plasma o leucocitos, son analizados sistemáticamente y es imposible que transmitan la infección por VIH.

Esta vía es la que también contagia el virus en el caso de los sujetos adictos a drogas por vía intravenosa. Es decir, aquellos que comparten jeringuillas para administrarse las drogas (fundamentalmente heroína y derivados). Este modo de contagio, en la actualidad, ha disminuido mucho.

Contacto de líquidos corporales con la sangre

Este contacto fundamentalmente se produce durante las relaciones sexuales en las que tanto el semen como las secreciones vaginales o la saliva pueden acceder a nuestra circulación sanguínea. Este contacto tiene lugar a través de pequeñas erosiones o heridas, incluso las que son diminutas y no apreciables a simple vista, que podamos tener en nuestros órganos sexuales -pene, vagina, región anal y rectal o bien en la boca-.

Durante las relaciones sexuales mantenidas con un sujeto infectado por el VIH, la existencia de heridas en la boca, la vagina, el pene o la zona anal y el recto pueden ser la puerta de entrada del virus. El preservativo o condón se ha convertidmen la mejor arma para prevenir este tipo de transmisión.

En la actualidad, entre homosexuales la vía rectal ya no es la causa principal de contagio como ocurría en los años 80. Actualmente, el mayor número de casos se da por contacto heterosexual por vía vaginal. La consecuencia está clara, todos somos población de riesgo, sobre todo si, como hemos dicho, un sujeto puede estar infectado y no saberlo durante largo tiempo. En este período se convierte en una importante fuente de transmisión si, por ignorancia, no toma precauciones

Otra vía de contagio es la lactancia, que se desaconseja a portadores del virus en países desarrollados. En países en vía de desarrollo, la decisión es más controvertida, y dependerá de la posibilidad de la alimentación del recién nacido con leches artificiales.

Transmisión madre-hijo

También denominada transmisión vertical, ya que se produce durante el embarazo o gestación. Durante este período, la sangre de la madre infectada puede llegar a contactar con la del feto y transmitir el virus. Sin embargo, en general, la placenta actúa como un filtro eficaz y la mayoría de los contagios de este tipo se producen justo en el momento del parto.

El tratamiento materno durante los meses previos al parto disminuye muchísimo el riesgo de contagio al recién nacido. En países pobres, donde no existen fármacos a disposición de la población, esta vía de contagio es muy importante y provoca gran mortalidad infantil.

¿Qué debo hacer si sospecho que puedo haberme contagiado?¿En qué consisten las pruebas del SIDA?

Ante un contacto de riesgo, debe acudir lo antes posible a un médico para hacerse las pruebas necesarias para descartar el contagio. El análisis empleado en la detección sistemática o 'screening' del sida es un test sencillo que nos sacará de dudas en poco tiempo.

Esta prueba consiste en un análisis de sangre, en el que se buscan la presencia de anticuerpos específicos contra el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Cuando el resultado del primer análisis que se realiza en la consulta es positivo, es necesario un segundo análisis más específico de confirmación del resultado.

Se denomina seropositivo a la persona en la que se detectan estos anticuerpos en el suero.

Una vez diagnosticado es aconsejable que el paciente se ponga en contacto con un especialista para planificar los pasos a seguir a partir de ese momento.

Otra prueba importante en el SIDA es la de la carga viral. Esta no detecta los anticuerpos fabricados contra el virus, sino al virus mismo. Es útil sobre todo para seguir la evolución de la infección, el pronóstico en el momento del diagnóstico, y la respuesta al tratamiento (a mejores resultados, más baja la carga viral).

A pesar de que el tratamiento y seguimiento de la infección VIH es todavía caro y sofisticado, nuestro sistema de salud público y gratuito, garantiza un manejo acorde con las evidencias científicas más avanzadas. Por eso, si es usted seropositivo no dude en contactar rápidamente con su médico. En la mayoría de hospitales de la red sanitaria pública española existe una unidad para el tratamiento y seguimiento de esta enfermedad y, de no ser así, su médico de cabecera le pondrá en contacto con la más cercana.

Los beneficios de una detección temprana de la enfermedad son incuestionables, logrando un mejor control de la infección, y disminuyendo la gravedad y la frecuencia de sus complicaciones.

¿Puede curarse el sida?

La inversión en investigación que se viene realizando desde hace más de una década, ha conseguido desarrollar fármacos eficaces contra la enfermedad a una velocidad desconocida hasta ahora en otras patologías. Aún así, todavía estamos lejos de encontrar un tratamiento que consiga curar definitivamente el SIDA.

Gracias al tratamiento, el sida se está convirtiendo cada vez más en una enfermedad crónica, es decir, una enfermedad no curable, pero que sin embargo puede ser controlada para minimizar su expresión.

En estos momentos, existe todo un arsenal de fármacos a disposición de los especialistas para combatir al virus. Estos fármacos logran inhibir la reproducción del virus en nuestro organismo, llegando a mantener la carga viral indetectable para las técnicas de laboratorio, y por lo tanto mejorando las defensas del paciente, lo que conduce a una menor incidencia de complicaciones de la enfermedad.

El tratamiento es complejo, tiene una importante frecuencia de efectos secundarios y debe seguirse estrictamente por parte del paciente para que sea realmente eficaz. Se hace con la combinación de los diversos tipos de medicamentos disponibles, y esta sujeto a posibles cambios a lo largo de la evolución de la enfermedad.

Por todos estos motivos, resultan indispensables un seguimiento de por vida por parte de un especialista y un adecuado cumplimiento del tratamiento por el afectado.

¿Puedo no tratarme?

Algunos medicamentos contra el sida consiguen salvarnos la vida pero nos crean problemas que, indudablemente, la condicionan. Estos problemas van desde pequeñas molestias hasta importantes afectaciones orgánicas, que pueden llegar incluso a suponer un riesgo importante para la vida del paciente.

Sin embargo, como todos sabemos, el sida, dejado a su evolución natural es una enfermedad inevitablemente letal. La recomendación es por tanto obvia: hay que someterse a tratamiento aunque esto suponga el requerir controles médicos periódicos o la posibilidad de sufrir efectos tóxicos como consecuencia de los medicamentos. El beneficio del tratamiento supera claramente a sus riesgos.

¿Existe peligro en las relaciones heterosexuales?

Por supuesto, el mismo que en las relaciones entre dos hombres y cada vez más crece el contagio del virus en parejas heterosexuales. No se está a salvo del SIDA por ser heterosexual, y es importante insistir en esto. Como el sida es una enfermedad de transmisión fundamentalmente sexual, muy parecida en este sentido a la sífilis o a la gonorrea, cualquier individuo activo sexualmente tiene riesgo de contraer la enfermedad. Existen unas prácticas sexuales con mayor riesgo de producir la infección que otras, y aquí es donde en estos momentos se sitúan nuestras mayores posibilidades de evitar o prevenir el contagio.

El contacto sexual que se puede considerar más frecuente, el heterosexual por vía vaginal, es perfectamente capaz de propagar el virus si uno de los participantes está infectado. En esta situación tiene estadísticamente más riesgo de contagiarse la mujer con un hombre infectado, que el varón de una mujer enferma. Sólo el preservativo o condón es capaz de evitar eficazmente el contagio siempre que no se rompa durante la actividad sexual.

La penetración anal, tanto de hombre a mujer como de hombre a hombre, tiene más riesgos que la vaginal. La posibilidad de que se produzcan erosiones o pequeñas heridas en la piel o mucosas es mayor durante este tipo de penetraciones. El preservativo evita este tipo de contagio, si bien es necesario recurrir a formatos más resistentes para evitar su rotura durante este tipo de actividad.

¿Existe peligro de SIDA en las relaciones entre mujeres?

Hay casos de transmisión entre mujeres por vía sexual del virus VIH. Sin embargo, es necesario saber que es algo muy raro, que realmente se puede considerar excepcional. Se recomienda que se ejerza una cierta precaución, y se clasifican como de riesgo moderado algunas actividades. Es, como en el caso de los hombres, una situación en la que no hay ni blanco ni negro, sino una gama de grises que va del negro al blanco. Pero el riesgo es más bajo que entre hombre y mujer o entre dos hombres.

¿Es seguro el sexo oral?

Recordemos que el virus está presente en el semen y secreciones vaginales de los pacientes y que la existencia de pequeñas erosiones en la boca o labios permitirían la entrada del virus al torrente sanguíneo del sujeto sano. A través del sexo oral es posible contraer la enfermedad. La eliminación del virus por la saliva es más escasa y, por tanto, la posibilidad de transmisión a través del beso es prácticamente nula.

Este punto en el que estamos ahora vale para decir las cosas más concretamente:

El sexo oral protegido con un preservativo o con una barrera plástica, es seguro. El sexo oral no protegido no está carente de riesgo; hay estudios que demuestran que es posible contagiarse mediante el sexo oral, pero parece una eventualidad rara o muy rara. El riesgo es más alto cuanto más contacto haya con los líquidos (fluido preseminal o vaginal) que produzca la otra persona. El riesgo es más alto si la persona receptiva tiene heridas en la boca o problemas en las encías. El riesgo es alto si se tiene contacto entre la mucosa de la boca y el semen o la sangre (por ejemplo menstrual).

¿Si tengo infección por VIH, debo abstenerme de tener sexo. Y si mi compañero/a sexual es seropositivo también?

La persona infectada por VIH puede tener sexo, siempre que cuide escrupulosamente que el compañero sexual no haga nada que suponga un riesgo, aunque este sea bajo. Lo ideal es que cada pareja sexual de un seropositivo conozca la situación del paciente y tome las precauciones adecuadas.

En el caso de que los dos miembros de la pareja sean seropositivos, las medidas ha tomar han de ser igual de escrupulosas, ya que existe la posibilidad de ser contagiado por un subtipo diferente del virus, y acrecentar las resistencias de este al tratamiento, complicando así el manejo del paciente.

¿Existe riesgo de contagio a los hijos?

La posibilidad de que un niño nacido de padres infectados por el VIH adquiera la enfermedad es indudablemente real. El riesgo es elevado durante el embarazo, máximo durante el parto y en menor medida durante la lactancia natural; sin embargo, la convivencia de un niño sano con un progenitor seropositivo no supone un riesgo de contagio.

Están disponibles en la actualidad técnicas de lavado de semen que consiguen eliminar con gran eficacia los virus que puedan estar presentes en este líquido corporal. Cuando la madre no está infectada, esta técnica de lavado del semen seguida de un procedimiento de inseminación artificial puede conseguir hijos sanos y al mismo tiempo evitar el contagio de la madre.

También hay que recurrir a la inseminación cuando el padre esta sano y la madre es la infectada, para evitar el contagio del padre. Sin embargo, este planteamiento no es suficiente para evitar el contagio del niño. En la actualidad, existen pautas de tratamiento con fármacos que la madre puede seguir durante el embarazo y justo antes del parto. Estos medicamentos antiretrovirales, adecuadamente combinados y dosificados, son capaces de reducir drásticamente las posibilidades de infección del niño. Aunque los resultados no están tampoco garantizados, el riesgo es pequeño. Existe además la probabilidad de que el recién nacido sea capaz de eliminar el virus en los primeros meses de vida sin llegar a desarrollar la enfermedad, sobre todo ayudado de fármacos.